Volver


Después de unos meses de absoluta intensidad, de días y días sintiéndome bloqueada, sobrepasada y más fuera que dentro... necesitaba tranquilidad y silencio para volver a la normalidad, para reconectar conmigo y con los demás, para saborear y celebrar todos esos esfuerzos que han dado sus frutos, pero sobre todo: para que todo aquello que parecía haber dejado de tener sentido, fuese recuperando su sitio, volviendo a encajar. La presión de nuevas responsabilidades en un trabajo que me apasiona pero para el que nunca me siento suficientemente preparada y de un proyecto final de máster que me robó muchas -demasiadas- horas de sueño, se sumó la autoexigencia que me es propia por naturaleza y me fui haciendo cada vez más y más pequeña, hasta llegar a sentir que el mundo me venía grande, inmenso. Y de pronto, cuando todo pasó, me encontré como quién sale a la superfície tras ser engullido por una ola inesperada: llenando los pulmones de nuevo con cierta prisa y sin saber muy bien dónde me encontraba, incapaz de recordar en qué momento se desencadenó tal revuelo. Una vez más, la vida recordándome que su esencia es el cambio; un hilo invisible que se enreda y desenreda infinitas veces, un trayecto que, por mucho que pretendamos, nunca será seguro, estable o recto. Y otras tantas lecciones mal aprendidas... como la importancia de respetar nuestros ritmos y darnos tiempo para andar nuestro propio camino o la necesidad de aceptar que lo hacemos lo mejor que podemos en cada momento y que eso, aunque demasiado a menudo se nos olvide, es siempre más que suficiente.


Veinticuatro febreros


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Encontrar unos minutos para escribir para mí es algo que en las últimas semanas se ha convertido en una auténtica utopía, en toda una hazaña. Por eso, empezar el día de mi cumpleaños parándolo todo por un momento y dándome ese tiempo, ese espacio, ha sido un regalo. Hoy hace justo un año ponía palabras a una intuición, a la sensación de que algo estaba a punto de empezar. Lo que se acercaba era el comienzo de una nueva etapa, una revolución que me ha enseñado a abrazar la incerteza y llevado a comprender que lo único constante en este perfecto caos que es la vida... es el cambio. Desde ese momento, me he topado con unos cuantos retos, pero sin duda, el mayor de ellos ha sido sumergirme en una profesión de ayuda, en un trabajo que me invita a mirar hacia afuera y me da la oportunidad de acompañar a otros en su camino, en sus procesos. Y con ello, también a enfrentarme a mí misma y a algunos de mis mayores temores. Al miedo a equivocarme, a sentir que no soy suficiente, a que la autoexigencia me desborde. Miedo a perder el equilibrio en mitad del constante vaivén, a estar abarcando demasiado y todo a la vez. A vivir por inercia, tan deprisa como para olvidarme de estar presente, aquí, ahora, en este preci(o)so instante. Si algo aprendido en este tiempo, es a bajar el volumen a esa voz interna que tan a menudo grita que no puedo, que no soy capaz de hacerlo. Por eso, hoy me prometo juzgarme menos, cuidarme más y no olvidar que cada error es una oportunidad de aprender, crecer, seguir construyéndome.


Últimos despertares del año


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Esta mañana, por primera vez en mucho tiempo, por unos momentos, he sentido que el reloj no existía y las horas se dilataban mientras escribía unas líneas en mi cuaderno y hacía balance de este año que, en apenas unos días, se acaba. Un año en el que he comprendido que el mundo entero está en nosotros mismos, que la vida son todas esas historias que nos contamos y la forma en qué nos tratamos; ese relato que vamos tejiendo día tras día para explicarnos lo que ocurre dentro y fuera. La mía, mi vida, de un tiempo a esta parte ha estado repleta de (r)evoluciones, contrastes y cambios constantes, de nuevas rutinas, caminos y horizontes, de un vaivén incesante con el que he aprendindo a confiar en lugar de huir. Ilusión y miedo han ido de la mano mientras abría puertas que aún no sé hacia donde me llevarán, mientras volvía a comenzar una y otra vez, y luego otra vez más.Llego al final con cierto cansancio por su intensidad, pero feliz, tremendamente feliz. Por las experiencias y aprendizajes de todos estos meses, por sentirme cada vez más cerca de encontrar mi camino, por andar los primeros pasos hacia nuevos sueños y saberme rodeada de personas que creen en mí. Gracias por seguir aquí, al otro lado, un año más; acompañándome en mis reflexiones en voz alta, en mis etapas, en mis esfuerzos, en mis ganas. Aunque, después de todo, la vida no siempre pueda explicarse con palabras. Aunque a veces sólo nos pida estar más presentes y agradecer la suerte de estar aquí, ahora. Nada menos, nada más.


Vuelve el vaivén


Después de unos meses, cuando ya siento mía esa rutina que estrené a principios de verano, vuelve el vaivén. Esta vez con una propuesta tan anhelada como inesperada, con una oportunidad para seguir ganando experiencia en esta profesión que llegó a mí de forma casual y ha ido entrando en mi vida poco a poco, pero sin vuelta atrás... Empiezo a acostumbrarme a esta sensación de cambio constante que no acaba, a esta vida que se enreda y desenreda sin pausa. Comienzo, también, a intuir que las ganas y el esfuerzo están dando sus frutos y a sentir que, después de todo, estoy consiguiendo deshacer esos miedos tan míos, tomar las riendas y saberme más yo que nunca. Desde hace un tiempo, me encuentro sumergida en una aventura intensa que me emociona, me nutre y me hace crecer a diario. Ayer sumé a mis semanas un día más trabajando en lo que, a pesar de ser todo un reto, me hace realmente feliz. Y por un momento, sólo por un momento, desconecté de todas esas emociones que me sobrepasan, de esa sensación de saturación, de no poder más; de esa mezcla de sentimientos encontrados que me invade –a mí y a muchos– desde hace demasiado. Por un instante, un atisbo de luz en medio de estos días llenos de desconsuelo e incerteza.