Vocació


Reconec que hi ha ocasions, certs moments i de vegades, fins i tot, dies sencers... en què no puc evitar pensar que he triat –sense saber-ho– un dels camins més difícils d'entre tots els possibles. Una professió que exigeix el màxim de mi a nivell racional i emocional; que d'una banda em demana reflexió i aprenentatge continus i de l'altra, em remou i sacseja constantment. Una feina que em porta a enfrontar-me a diari a moltes de les coses que més dubtes i pors em generen i just d'aquesta manera, em col·loca exactament allà on em cal per créixer. Una tasca en la que, per més reptes que apareguin, per molt que tot s'enredi i per complicat que resulti recuperar l'equilibri... sempre, absolutament sempre, pesen més les raons per no deixar d'intentar fer-ho millor a cada nova oportunitat. Una vocació d'ajuda plena de dualitats, on és tan important el que t'han ensenyat com tot allò que vas aprenent mentre avances, mentre escoltes i sostens fortaleses i debilitats, alegries i angoixes i llums i obres, mentre acompanyes en una part del trajecte, sempre tan bé com està a les teves mans... Un dia a dia ple de somriures, mirades còmplices i abraçades sinceres. De paraules que van i venen i preocupacions que –sense poder-ho evitar– fas una mica teves. D'esforços i recompenses i lliçons de superació personal. De la màgia dels petits detalls. 


Veinticinco febreros


Esta mañana al despertarme, con mi mezcla de aromas favorita en el difusor y la sensación de estar creando una especie de tradición personal, volví a empezar el día de mi cumpleaños regalándome tiempo para escribir; para observarme, escucharme y pensarme sumergida entre las hojas en blanco. Después de semanas sintiéndome desbordada en muchos momentos, ya no recordaba el bien que me hace sentarme en silencio a escribir ni lo mucho que me ayuda a verlo todo con distancia y más perspectiva y recordar la magia del proceso de ir descubriendo lo que uno es. De todos los pensamientos desordenados que han ido llenado las páginas de mi cuaderno, algo olvidado hasta hoy, me quedo con algunas sensaciones. Con la serenidad al ser capaz de centrar la atención en todo aquello que ahora mismo está bien y apreciarlo por encima de cualquier cosa que, tal vez, podría ser mejor. Con la promesa de seguir trabajando cada día para seguir en la búsqueda de una mejor versión de mí y el agradecimiento a todas aquellas personas que, de una forma o de otra, me acompañan en un camino de constante e intenso aprendizaje y crecimiento. Con la seguridad de que los pequeños pasos andados día a día acaban dando sus frutos, la certeza de que todo llega cuando es su momento y la intención de seguir aprendiendo a confiar en la vida.


Volver


Después de unos meses de absoluta intensidad, de días y días sintiéndome bloqueada, sobrepasada y más fuera que dentro... necesitaba tranquilidad y silencio para volver a la normalidad, para reconectar conmigo y con los demás, para saborear y celebrar todos esos esfuerzos que han dado sus frutos, pero sobre todo: para que todo aquello que parecía haber dejado de tener sentido, fuese recuperando su sitio, volviendo a encajar. La presión de nuevas responsabilidades en un trabajo que me apasiona pero para el que nunca me siento suficientemente preparada y de un proyecto final de máster que me robó muchas -demasiadas- horas de sueño, se sumó la autoexigencia que me es propia por naturaleza y me fui haciendo cada vez más y más pequeña, hasta llegar a sentir que el mundo me venía grande, inmenso. Y de pronto, cuando todo pasó, me encontré como quién sale a la superfície tras ser engullido por una ola inesperada: llenando los pulmones de nuevo con cierta prisa y sin saber muy bien dónde me encontraba, incapaz de recordar en qué momento se desencadenó tal revuelo. Una vez más, la vida recordándome que su esencia es el cambio; un hilo invisible que se enreda y desenreda infinitas veces, un trayecto que, por mucho que pretendamos, nunca será seguro, estable o recto. Y otras tantas lecciones mal aprendidas... como la importancia de respetar nuestros ritmos y darnos tiempo para andar nuestro propio camino o la necesidad de aceptar que lo hacemos lo mejor que podemos en cada momento y que eso, aunque demasiado a menudo se nos olvide, es siempre más que suficiente.


Veinticuatro febreros


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Encontrar unos minutos para escribir para mí es algo que en las últimas semanas se ha convertido en una auténtica utopía, en toda una hazaña. Por eso, empezar el día de mi cumpleaños parándolo todo por un momento y dándome ese tiempo, ese espacio, ha sido un regalo. Hoy hace justo un año ponía palabras a una intuición, a la sensación de que algo estaba a punto de empezar. Lo que se acercaba era el comienzo de una nueva etapa, una revolución que me ha enseñado a abrazar la incerteza y llevado a comprender que lo único constante en este perfecto caos que es la vida... es el cambio. Desde ese momento, me he topado con unos cuantos retos, pero sin duda, el mayor de ellos ha sido sumergirme en una profesión de ayuda, en un trabajo que me invita a mirar hacia afuera y me da la oportunidad de acompañar a otros en su camino, en sus procesos. Y con ello, también a enfrentarme a mí misma y a algunos de mis mayores temores. Al miedo a equivocarme, a sentir que no soy suficiente, a que la autoexigencia me desborde. Miedo a perder el equilibrio en mitad del constante vaivén, a estar abarcando demasiado y todo a la vez. A vivir por inercia, tan deprisa como para olvidarme de estar presente, aquí, ahora, en este preci(o)so instante. Si algo aprendido en este tiempo, es a bajar el volumen a esa voz interna que tan a menudo grita que no puedo, que no soy capaz de hacerlo. Por eso, hoy me prometo juzgarme menos, cuidarme más y no olvidar que cada error es una oportunidad de aprender, crecer, seguir construyéndome.