Veinticinco febreros


Esta mañana al despertarme, con mi mezcla de aromas favorita en el difusor y la sensación de estar creando una especie de tradición personal, volví a empezar el día de mi cumpleaños regalándome tiempo para escribir; para observarme, escucharme y pensarme sumergida entre las hojas en blanco. Después de semanas sintiéndome desbordada en muchos momentos, ya no recordaba el bien que me hace sentarme en silencio a escribir ni lo mucho que me ayuda a verlo todo con distancia y más perspectiva y recordar la magia del proceso de ir descubriendo lo que uno es. De todos los pensamientos desordenados que han ido llenado las páginas de mi cuaderno, algo olvidado hasta hoy, me quedo con algunas sensaciones. Con la serenidad al ser capaz de centrar la atención en todo aquello que ahora mismo está bien y apreciarlo por encima de cualquier cosa que, tal vez, podría ser mejor. Con la promesa de seguir trabajando cada día para seguir en la búsqueda de una mejor versión de mí y el agradecimiento a todas aquellas personas que, de una forma o de otra, me acompañan en un camino de constante e intenso aprendizaje y crecimiento. Con la seguridad de que los pequeños pasos andados día a día acaban dando sus frutos, la certeza de que todo llega cuando es su momento y la intención de seguir aprendiendo a confiar en la vida.