Veinticuatro febreros


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Encontrar unos minutos para escribir para mí es algo que en las últimas semanas se ha convertido en una auténtica utopía, en toda una hazaña. Por eso, empezar el día de mi cumpleaños parándolo todo por un momento y dándome ese tiempo, ese espacio, ha sido un regalo. Hoy hace justo un año ponía palabras a una intuición, a la sensación de que algo estaba a punto de empezar. Lo que se acercaba era el comienzo de una nueva etapa, una revolución que me ha enseñado a abrazar la incerteza y llevado a comprender que lo único constante en este perfecto caos que es la vida... es el cambio. Desde ese momento, me he topado con unos cuantos retos, pero sin duda, el mayor de ellos ha sido sumergirme en una profesión de ayuda, en un trabajo que me invita a mirar hacia afuera y me da la oportunidad de acompañar a otros en su camino, en sus procesos. Y con ello, también a enfrentarme a mí misma y a algunos de mis mayores temores. Al miedo a equivocarme, a sentir que no soy suficiente, a que la autoexigencia me desborde. Miedo a perder el equilibrio en mitad del constante vaivén, a estar abarcando demasiado y todo a la vez. A vivir por inercia, tan deprisa como para olvidarme de estar presente, aquí, ahora, en este preci(o)so instante. Si algo aprendido en este tiempo, es a bajar el volumen a esa voz interna que tan a menudo grita que no puedo, que no soy capaz de hacerlo. Por eso, hoy me prometo juzgarme menos, cuidarme más y no olvidar que cada error es una oportunidad de aprender, crecer, seguir construyéndome.