Entre lo real y lo ideal


Llevo semanas pensando en todo y en nada. Escribiendo con la voluntad de ordenarme sin llegarlo a conseguir, como si al ponerlo por escrito todo se volviera aún más confuso, aún más complejo. A veces, parece como si todo ocurriera del revés y sólo en contadas ocasiones, casi por azar, las cosas salieran bien. Cuando creo que voy encontrando mi lugar, cuando empiezo a sentir que al fin las cosas cobran sentido... algo llega y me descoloca de nuevo. Y entonces, cientos de palabras se acumulan y antiguas verdades que había tratado de esconder en lo más profundo emergen sin cesar. Me siento engullida por una espiral de pensamientos enfrentados, en una encrucijada de la que no sé bien cómo escapar. Atrapada en un ir y venir de fortaleza y debilidad, entre lo real y lo ideal, con la impresión de que me encuentro para, poco después, perderme una vez más. Cada día más frentes abiertos que esperan respuesta, demasiadas posibilidades, exceso de anticipación... y la temida incerteza.

Mi mente pide a gritos espacio, calma, silencio. Más allá de los proyectos que han ido surgiendo durante los últimos meses y tan viva me están haciendo sentir, necesito silencio. Para rebuscar en las profundidades, sentirme en sintonía conmigo misma, intuír cómo quiero avanzar por este camino sin mapa ni ruta que es la vida. Un proceso que, empiezo a comprender, va mucho más allá de darme cuenta de quién soy y qué quiero... y que, aunque unas veces es más fácil que otras, está siendo todo un reto. En el intento de encontrar dirección, me aferro a planes y sueños que trazo sobre hojas y cuadernos, tratando de hilar un futuro que siempre acaba enredándose, que al final nunca llega. Y entonces, una mañana cualquiera, me doy cuenta: los días pasan, la vida avanza y lo que había ido poniendo por escrito durante semanas, o tal vez meses, ha ido quedando atrás, en forma de proyectos estancados, de realidades atrapadas en el papel. Una mezcla desafortunada de miedo, inseguridad y falta de valor para pasar a la acción sin darle tantas vueltas, tal vez. Algo que me paraliza y no me deja avanzar. No lo sé.

Aún así, me esfuerzo. Es un proceso complejo este que me lleva al origen, a conectar conmigo, a encontrar ese lugar donde dejarme ser por completo. Cada día es un paso y, aunque sea despacio, camino hacia ello. Valiente a pesar de los obstáculos, constante a pesar de la lentitud. Al fin y al cabo, el cambio sólo puede ocurrir de dentro hacia afuera, a base de persistencia, de seguir adelante aun cuando perdemos el rumbo, aun cuando nos sentimos exhaustos y pensamos que ya no podemos más. Me prometo planear menos y hacer más, escuchar mis ganas y no volverme a frenar. Y así, disfruto los primeros días de luz y esta brisa de verano que se hace cada vez más presente. Escribiendo incluso cuando siento que no tengo nada que decir, por el simple placer de hacerlo. Dejando espacio a lo inesperado, creando paisajes azules e improvisados que me llevan a explorar nuevos lenguajes, a descubrir nuevas formas de expresión. Guiándome por la curiosidad, por esa intuición a la que hacía demasiado tiempo que no seguía. Con las manos vacías y dispuestas y el alma bien abierta, para recibir lo que venga...