Esa sensación de libertad


Escribo, escribo y no dejo de escribir. Guardaba mucho y se había ido acumulando.

Reflexiones, sensaciones y pensamientos que no había tenido tiempo de ordenar, a los que no había dado espacio y se agolpaban deseando encontrar su lugar. Poco a poco, los sentimientos se ordenan, mientras van saliendo, estallando, derramándose sobre el papel como las gotas que corren tras el cristal en uno de esos días de lluvia que pronto llegarán. Hoy fuera no llueve, pero en mí se suceden las tormentas de ideas y sueños, de ganas de nuevos proyectos, de seguir superando aquello que para mí ahora mismo son retos, de saltar esas barreras que a menudo, sin ser demasiado conscientes, nosotros mismos nos imponemos y que siento que me impiden avanzar. Suelo poner una presión, a menudo desmesurada, sobre mí misma; tan fuerte que a veces me frena, me paraliza. 

Y en ese impulso, esa urgencia por planificar y tratar de organizar más allá de lo que está en mi mano, por tomar decisiones huyendo del error, persiguiendo una idea de perfección que no es real, me pierdo. Durante estos meses ― y sobre todo durante estos últimos días de verano ― he entendido que debo darme espacio y comprendido que la vida no entiende de normas. Que así como unas veces uno debe tomarse el tiempo necesario para decidir despacio, sin prisas; en muchas otras dejarse llevar sin darle demasiadas vueltas, sin analizar en exceso, puede ser lo mejor y resultar, incluso, liberador. Y en esas estoy. En medio de un estado de observación emocional que a veces me descoloca, pero aprendiendo a apreciar el presente, a fluir con lo que se va sucediendo. 

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Así, como si nada, esa brisa fresca de las mañanas se ha vuelto cada vez más presente, haciendo evidente que el otoño está aquí y que los días más cálidos, de agua salada, arena en el cuerpo y sol calentando nuestras mejillas se alejan. Y qué extraña sensación, por primera vez, no empezar el curso en septiembre. Poder disfrutar de un verano que se alarga un poco más que de costumbre, sintiendo cómo el otoño va llegando despacio y reparando, desde la calma, desde el silencio, en las sutilezas del cambio de estación. Saber que tendré muchas más horas que nunca para dedicar a lo que más me mueve, a todo aquello que más disfruto; como nunca antes y, tal vez, quién sabe, como nunca más de éste modo. Esa extraña sensación que me sobrecoge y a la que aún no me acostumbro. Extraño, también, ese cúmulo de situaciones que hacen posible algo que se llevaba tiempo esperando cuando uno menos lo espera. Días atrás recibí uno de esos mensajes que te cambian el día, con una propuesta que estaba en el aire desde hacía tiempo, pero que no parecía que fuese a hacerse realidad tan pronto. Una invitación que llegó en el momento oportuno, casi como una señal. La próxima semana volveré a enfrentarme a algunos de mis miedos y, de nuevo, sé que no será fácil. Que volveré a sentirme desnuda, descalza y temblando por dentro al subir sola a ese avión, pero también que será un paso más hacia ese nuevo camino que llevo tiempo construyendo. Otra lección para darme cuenta, por segunda vez, que aunque los temores no desaparezcan ni puedan ser del todo ignorados, detrás de ellos a veces se esconden experiencias increíbles; que la vida cambia si uno cambia primero.