Marruecos - Diario de viaje II


Allí seguíamos, en medio de la nada, haciendo camino. Decidí aprovechar los momentos de silencio, de calma, para escribir en mi cuaderno, que fue llenándose de anotaciones con las que trataba de poner en orden todo lo que iba pasando por mi mente.

 

Después de tres días de viaje atravesando el Atlas, de más de trescientos kilómetros por carretera dirigiéndonos cada vez más al sur, llegamos al albergue, al lugar donde daríamos forma a casi dos semanas de actividades y juegos para los pequeños del pueblo de Tafraout y alrededores. Para ellos, un gran acontencimiento, una oportunidad para salir de su rutina, unos pocos días en los que poder disfrutar, reír, jugar y, en definitiva, ser niños de verdad.

Esa misma noche, dormimos por primera vez al aire libre, sobre la arena y bajo un mar de estrellas que se veían con una claridad y belleza difícil de describir. Aún recuerdo esa sensación de pequeñez, de vulnerabilidad, de sentirse insignificante ante la inmensidad y extensión del desierto. Despertamos con calma y el tiempo necesario para situarnos, descubrir el lugar, conocer a la familia bereber que nos acogería durante esos días y tratar de prepararnos para todo lo que allí nos esperaba. Pasamos la mañana siguiente preparando todo lo necesario para recibirlos esa misma tarde y a las cuatro, justo después de comer, salimos a buscarlos por el pueblo. Todos estábamos nerviosos.

Una intensa mezcla de sentimientos encontrados me acompañó durante todo el camino. Recuerdo tener la piel de gallina un buen rato al pensar que era cierto, que de verdad estaba allí. Sonreír por dentro, por haberme atrevido a pesar de todo lo que en algún momento me hizo dudar y sentir como, justo en aquel preciso instante, empezaba un encuentro cara a cara conmigo misma, con todos mis miedos y antiguas creencias. Ver esos ojos llenos de ilusión, de inocencia, de agradecimiento. Sentir tristeza al andar por esas calles ve intuir las condiciones en las que muchos de ellos viven; impotencia por la distancia que generaba entre nosotros, ya en ese primer contacto, no compartir la misma cultura, no hablar el mismo idioma. Andando con algunos de aquellos niños y niñas agarrados a mis manos, con el sol quemando mis mejillas y la arena y las piedras metiéndose en mis zapatos, empecé a sentirme cada vez más descalza, más desnuda, pero también más preparada para dejar de lado todo lo que había imaginado y dejarme llevar por lo que se iba sucediendo; aún sin ser saber todo lo que me quedaba por aprender.

Al llegar al albergue, me quedé con el grupo de los más pequeños y mientras nos íbamos organizando para empezar, un nudo en la garganta, un nuevo choque de realidad. No hacían más que pedirme agua. Amen, amen (agua, en bereber) era lo único que oía, mientras tiraban de mi mano con energía. A esa hora de la tarde el calor era sofocante y algunos de ellos habían recorrido varios kilómetros bajo el sol para llegar hasta allí. No supe qué hacer. Deseaba poder correr con todas mis fuerzas a por el agua que reclamaban para no hacerles esperar un segundo más. Sólo alcancé a hacer un gesto de espera con la otra mano, mientras trataba de explicarles sin palabras que no podía dársela en ese preciso momento, pero que pronto llegaría.

Con el paso de los días, conseguimos organizarnos cada vez mejor, aprender algunas palabras esenciales para comunicarnos con ellos, llegar a comprender sus gestos y miradas; sólo era cuestión de tiempo y paciencia conseguir adaptarnos unos a otros para que todo fluyera. Y aunque agotados, porque las condiciones eran difíciles tanto a nivel físico como emocional, y sin descansos, porque allí no se entiende de festivos, ni horarios, ni tiempos marcados, allí todo va más despacio, sin prisas y con la calma que tanta falta nos hace en otros lados, entre todos conseguimos enfrentarnos al resto de los días con ganas, deseando que saliera bien, que disfrutasen de lo que les habíamos preparado.

Después de pasar las mañanas organizando lo que por las tardes se convertía en tres horas de juegos realmente intensas, descansábamos unos minutos. A veces no nos quedaban fuerzas para nada más que sentarnos en el pasillo y tocar alguna canción entre todos, esperando la hora de la cena con ganas. Pero en ocasiones, cuando la energía nos lo permitía, dábamos un paseo hasta el centro del pueblo, aprovechando que el sol ya se había escondido tras las montañas y el calor era un poco más soportable. Allí nos encontrábamos a muchos de los niños y niñas que venían al casal y, aunque apenas habíamos pasado unos minutos separados, nos saludaban con un entusiasmo sorprendente. En uno de esos paseos, al despedirnos de los pequeños para volver al albergue a cenar, Said uno de los niños más inquietos del grupo al que acompañaba y al que había tenido que llamar la atención más de una vez en pocos días me dío un abrazo espontáneo, sincero, un regalo de esos que no esperas pero recuerdas toda la vida. En ese momento entendí que aunque creyésemos que éramos nosotros quienes habíamos recorrido cientos de kilómetros para ayudarles, para dedicarles todo nuestro tiempo y esfuerzo durante esos días, en realidad eran ellos quienes más nos enseñaban, quienes nos lo daban y quitaban todo con una sonrisa, una mirada, un simple gesto.