El final de una etapa


Hoy la lluvia ha vuelto. Desde hace semanas, sólo sueño con encontrar tiempo, entre este perfecto caos en el que me descubro sin querer, para poder escribir algo con calma, pero por mucho que lo intento, por mucho que lo necesito, no lo encuentro. Y así, entre prisas y fechas límite, me rindo a lo que se va sucediendo, mientras cuento los días para que llegue ese ansiado momento, el final de una etapa y con él, la oportunidad de parar. De volver al centro, de buscar nuevos caminos, de poder pensar, sin prisas, en lo que vendrá.

Durante los últimos meses, en mi mente ha habido lugar para poco más que la universidad. Ahora, con el proyecto de fin de grado en el que he estado trabajando durante más de medio año ya entregado y despedidos los últimos exámenes, me atrevo a decir que los momentos de estrés han acabado; por lo menos por un tiempo. Apenas unas semanas después del tan necesario final, esa mezcla de nervios y agotamiento acumulados, se me atojan ya lejanos, confusos, desdibujados en una mente que pedía a gritos una pausa, un poco de serenidad. No está siendo nada fácil, pero parece que poco a poco voy situándome de nuevo y acostumbrándome a un ritmo que contrasta con el que me ha venido acompañando hasta ahora.

Aunque sienta bien volver a tener tiempo para uno mismo y no hay duda de que era algo que necesitaba, el final de esta etapa me ha dejado algo descolocada. Una fuerte bajada de defensas por el ritmo frenético vivido durante los últimos días, me ha hecho pasar la mayor parte de estas últimas semanas encerrada en casa, sin demasiadas ganas ni inspiración para poder escribir o fotografiar. Y así, con largas horas de silencio y soledad para recuperarme y pensar, he ido tratando de reencontrar mi sitio, de recuperar todo aquello que fui apartando en el camino por falta de tiempo, pero también de soltar muchas otras cosas y dar forma a nuevas rutinas, propósitos y pautas.

Por primera vez no tengo claro cual será el plan para después, de cara a septiembre, y eso me tiene inmersa en una especie de batalla interna. Mientras, tras cuatro años de aprendizajes, esfuerzo y cambios, sonrío con la idea de poder hacer lo que me gusta y haber llegado a ello por esos giros inesperados que da la vida, por una de esas cosas que llegan sin planear, que en su momento nos descomponen y, a veces, resultan mucho mejores que cualquier propósito que nos hubiéramos podido marcar; por otro lado, mi yo más exigente y perfeccionista se desordena ante las dudas e incertidumbres por no saber lo que vendrá, por no tener ya un plan trazado.

Y así, con todo, siento que necesito darme una tregua para adaptarme a este paréntesis después de tanto tiempo con la mente demasiado ocupada, sin oportunidad de detenerme; tiempo para sentirme cómoda de nuevo en la quietud, en la calma, tiempo para alejar esta sensación que me inhibe, que a ratos ahoga y no me deja, simplemente, ser y disfrutar del descanso. Me he sentido bloqueada últimamente y, en realidad, 'últimamente' han sido unos cuantos meses. Hay mucho sobre lo que voy pensando y me gustaría contar en forma de reflexiones; unas veces se agolpa por falta de tiempo y otras cuesta expresarlo y transmitirlo del modo más adecuado y, al final, sea por la razón que sea, se produce un gran bloqueo y acaba por no salir nada de todo aquello que tengo dentro. Y creo que este bloqueo no me ha acompañado sólo a la hora de sentarme a escribir, sino mucho más allá. Me ha costado mucho darme cuenta de ello y reconocerlo; aún más compartirlo, pero necesitaba sacarlo, dejarlo ir, con la esperanza de poder ir avanzando a partir de aquí, de volver, poco a poco, a escribir. Tal vez sólo sea cuestión de ir dejando entrar la calma en mi vida en estos días en los que la rutina queda cada vez más lejos. Dejar que la inspiración vuelva, sin forzarla, para que empiecen a florecer nuevos proyectos y sueños, con calma, sin perder el equilibrio.