Despertar


Hay cosas que no podemos forzar ni controlar, que surgen cuando es su momento, sin más. A veces, lo único que necesitamos es dejar que todo fluya, que llegue lo que tenga que llegar, dejarnos sorprender por la vida, para bien o para mal, porque hasta con lo segundo uno aprende; a veces, incluso más.

 

Como a menudo la mejor manera de aclarar la mente es dejarse llevar, sin darme oportunidad de pensarlo demasiado, el pasado sábado puse rumbo a las montañas para vivir una nueva edición del Despierta, un proyecto colectivo en que Álvaro Sanz, desde Expedición Polar, nos invita a disfrutar y fotografiar el amanecer, todos juntos, al mismo tiempo, desde cualquier lugar. Así, el domingo despertamos, pronto y con ganas. Y, después de todo, llegamos a casa con las botas empapadas y el frío metido en los huesos, pero con una sonrisa por la aventura vivida e ilusión al pensar que muchas otras personas, esa misma mañana, también habían hecho sonar sus despertadores bien temprano para salir ahí fuera. Un despertar que, a pesar de la lluvia, la niebla y el frío, a pesar de la ausencia de sol, estuvo lleno de magia, de ganas de compartir, de aceptar lo inesperado y aprender a disfrutar de lo que la vida nos regala, dejando a un lado la comodidad.

Hace semanas que me acompaña cierta sensación de agobio, aun sin saber porqué. Antes de salir hacia estas montañas, me preguntaba qué es lo que me impide parar, escucharme y respirar. De camino, me di cuenta que quizá esta sensación se deba a no encontrar tiempo para escribir, para salir a fotografiar o evadirme unos segundos. Porque entre tanto caos, tanta rutina y obligación, a menudo autoimpuesta, a veces olvidamos lo que realmente nos hace sentir bien. Por suerte, después de dos días llenos de charlas sobre fotografía, horas tras la cámara, meriendas al aire libre, buena compañía y también lluvia, como la última vez que estuve aquí; la mañana del lunes, con casi dos horas por delante de viaje a solas en autobús para volver a casa, encontré el tiempo que tanto necesitaba para volver a escribir. Soltar algunas palabras sobre mi cuaderno, con calma, en silencio, fue un regalo. Y ahora me digo: qué acierto aceptar esa propuesta con los ojos cerrados. Porque aunque no ha sido demasiado, estos días, por unos momentos y a pesar de algún que otro contratiempo, la calma ha vuelto.