La luna de febrero


Por casualidad, encuentro un artículo que narra una serie de curiosidades sobre febrero. Me detengo en una de ellas, esa que cuenta el origen del nombre de este breve mes. Descubro que febrero corresponde al mes romano Februarius, que a su vez debe su nombre a la Februa: un festival que, cuentan, tradicionalmente se celebraba el día quince de dicho mes y que se centraba en la purificación y limpieza profunda, a nivel personal y del hogar. Me gusta como suena. Resulta que, en realidad, febrero viene del término latín februus, que -de hecho- significa purificación. Sigo leyendo. Más allá de las festividades y rituales que encuentro, decido quedarme con la esencia, con esa relación que en la antigua Roma establecieron entre este mes y la humildad, sabiduría y sinceridad. Continuo con la búsqueda, sin encontrar alguna información científica que demuestre la veracidad de las afirmaciones que voy hallando, pero disfruto sumergiéndome en tradiciones y creencias que desconocía por completo. Así, movida por la curiosidad, sigo indagando... y en algún lugar, encuentro un texto que habla de la luna de febrero, la Luna de la Nieve. Unas pocas referencias la relacionan con el momento idóneo para materializar proyectos pendientes, para cambiar hábitos y apaciguar la alteración nerviosa; también para sensibilizarse, compartir, volver a divertirse como un niño y mirar al mundo con curiosidad, reparando en los pequeños detalles que a menudo pasan inadvertidos. Pienso en la casualidad que me habrá llevado a descubrir todo ésto y siento que quizá pueda ayudarme a dar algo de sentido a eso que desde hace días siento sin sabérmelo explicar...

Acabé el año entre prisas, a toda velocidad, algo ausente porque diciembre fue un mes realmente estresante. Me despertaba pronto cada mañana sintiendo que, aún así, las horas del día no serían suficientes para hacer todo lo que debía. Me esforcé en recordar todo aquello que uno debe hacer cuando no puede más y necesita parar: hacer pequeños descansos, salir ahí fuera, respirar aire fresco, tomar distancia; pero me descubría, una y otra vez, no haciendo ninguna de ellas. Suerte de estas últimas semanas, entre finales de enero y principios de este mes, que han sido ese momento de recogimiento que tanto necesitaba para parar y reflexionar. En estos días, me he sentido perdida a ratos y he encontrado tiempo para centrarme y aclarar las ideas en muchos otros. Me he relajado, me he permitido descansar y así, he podido escucharme más. De algún modo, he empezado a recuperar esa confianza que creía perdida, a sentir como algunas heridas se han ido cerrando de forma natural y a reconocer todo aquello que me sienta bien. Como volver a leer más a menudo y perderme en otras vidas o descubrir nuevos lugares de esta ciudad que nunca se acaba. Pasear sin más, reír y conocer a personas afines; apreciar lo invisible y prometerme que seguiré encontrando tiempo para escribir, tiempo para mí. Ahora quedan unos meses de universidad que estarán llenos de trabajo pero que, al final, me devolverán la libertad. Aún no tengo claros cuales serán los planes para después, así que por ahora decido cerrar círculos, encontrar tiempo para mí y coger fuerzas para lo que vendrá.