Veintidós febreros


Son las 19.00h del lunes por la tarde y en mi mente se agolpan ideas y pensamientos que no consigo poner en orden. Llevo unos días así, con esta reflexión a medio escribir y viviendo en un constante devenir de contradicciones que me bloquean, me descolocan y me hacen dudar. El vaivén de los últimos meses y el temor a reconocer que aún, a veces, echo de menos aquello que ya no está. Sentirme tan querida por tantos y, al mismo tiempo, pensar si no estaré encerrándome en mí misma mientras me intento encontrar. Esa autoexigencia que desde pequeña me caracteriza y el miedo de no estar a la altura frente al deseo de aprender a dejarme llevar, dejarme llevar de verdad. La incertidumbre por los nuevos comienzos que se acercan y ese viaje que voy preparando en silencio, despacio, y que me asusta y me emociona con la misma intensidad.

Tal vez a la fuerza, voy entendiendo que me gusta estar sola y que no está mal que así sea, que me sienta bien dedicar tiempo a escucharme y permitirme fluir con todo aquello que me mueve, sin tantos miedos, con más libertad. Pensar, tal vez con cierta inocencia o por la necesidad de encontrarle un sentido, que todo ocurre por alguna razón, aunque no siempre sepamos reconocerla. Y que todo ésto es, quizá, justo lo que necesitaba para crecer, para avanzar. Para aprender a sentirme suficientemente fuerte como para estar sola, suficientemente despierta para saber cuando requerir ayuda y suficientemente valiente como para pedirla cuando sea necesaria. Tiempo a solas, volver a pensar en mí, leer y sumergirme en otras historias, apreciar lo invisible, retomar la escritura y así, a través de ella, conocerme más. Aprender que el paso de las estaciones no cura pero sí ayuda y que, tras la espera, tras el silencio, tras la ausencia, siempre se esconde una respuesta.

No está siendo fácil dejar atrás aquel lugar que me hizo sentir tan segura, tan a salvo. Tampoco reencontrarme y recuperar esos fragmentos de mí que, sin darme cuenta, fui perdiendo. Está siendo un tiempo de transición tan árduo e intenso como necesario para empezar a sentirme dueña de mis pasos. De vez en cuando, alguien vuelve a preguntarme por aquello sobre lo que nunca sé qué decir, porque algunos días todo lo que pasó queda lejos y otros, en cambio, se vuelve demasiado presente. Sigo viviendo la vida de siempre y, a su vez, ya nada es lo mismo porque desde entonces, aunque ciertas cosas han permanecido intactas, yo no he dejado de cambiar. Ahora es más fácil. Ahora es más duro. Me preguntó cómo podemos tardar semanas, meses, en darnos cuenta y aceptar algunas cosas y que, de pronto, después de todo el esfuerzo por entenderlas y aprender de ellas, un día algún recuerdo nos haga volver al pasado y, de pronto, sintamos que todo se tambalea. Pero con esas ganas de pasar página que me acompañan desde hace meses, respondo que todo está bien, y sonrío.

Hace unos días caminaba bajo la llovizna y lo hacía sin abrir el paraguas, a propósito, con la intención de sentir cómo la lluvia iba cayendo sobre mí. En ese momento, lo entendí. Hace días que me siento como si estuviera con un pie a cada lado en un gran charco, entre pasado y presente, en plena transición, hacia quién sabe dónde. Llevo meses inmersa en un gran aprendizaje sobre la vida y, sobre todo, sobre mí. Quiero seguir aprendiendo, atreverme más; a ver dónde llego. Apreciar lo imperceptible, lo sencillo, andar nuevos caminos y no perder la curiosidad. Agradecer a todos aquellos que me acompañan, no importa en qué forma ni desde qué lugar. Abrazar, incluso, las etapas de más oscuridad; sabiendo que nos ayudan a recorrer nuestro propio camino, a ser más fuertes, a comprendernos más. Este año sólo quiero generar nuevas memorias que añadir al recuerdo, para que al sentarme a escribir una nueva reflexión, dentro de un año, pueda sonreír y seguir reconociendo - año tras año - todo lo que, al fin y al cabo, importa de verdad.