Sobre la incerteza


Son las siete de la mañana y aunque no tenía prisa por despertar, ya no puedo dormir más. Abandono la calidez de las sábanas que me arropan y pongo los pies en el suelo. El frío de esta mañana sobre el cuerpo me recuerda que el invierno ha llegado con más fuerza estos días. Con ese helor tras el cristal, con su propia luz, tardes de oscuridad temprana y esa necesidad de escucharme en el silencio, en una sintonía inconsciente con esta época del año, cuando uno se cierra y otro espera en blanco, aún por escribir. Alcanzo a buscar, a tientas y aún algo dormida, mi cuaderno sobre la mesita. Luz parpadeante de una pequeña vela encendida, taza de leche bien caliente entre las manos, parar para entender y entenderme. A pesar de no estar segura de poder encontrar las palabras necesarias para articular algo con un mínimo de sentido, escribo...

Desde hace unos días, me siento en medio de algo que no me sé explicar, con la sensación de estar andando, una vez más, un camino que no sé bien hacia dónde me lleva. Hay momentos en los que se suceden los nuevos planes e intenciones y otros, en cambio, en los que todo se reduce a un mar de dudas y preguntas sin respuesta, en los que no tengo claro lo que estoy haciendo, lo que vendrá o, a veces, incluso, ni tan sólo lo que quiero. Veces en las que no tengo idea de adónde voy, en las que me adivino perdida, sin rumbo, con el único deseo de seguir avanzando, aunque sea a la deriva, sin mapa ni ruta, por pura intuición. 

Salgo al encuentro de esa amiga que ha venido desde Suecia a disfrutar de estas fiestas con los suyos. Me sienta bien salir y respirar aire fresco, aunque sea en la ciudad... Hoy las calles están desiertas, vacías, envueltas en una paz inusual; una quietud que, a pesar del frío inesperado, resulta agradable. Al compás de mis pasos por un barrio aún dormido, justo antes de llegar a mi destino, me sumerjo en pensamientos, recuerdos lejanos, sentimientos intensos que afloran sin darme la oportunidad de poderlos esquivar. Tras ese momento para charlar y ese paseo de ida y vuelta a solas,  retomo mi cuaderno con un poco más de claridad.

Pienso en este año que llega a su fin, en todas esas historias que han quedado sin escribir... y me doy cuenta. Me doy cuenta de que ninguna de las vivencias que me han hecho crecer en este tiempo ha llegado con facilidad, sino todo lo contrario; siempre precedidas por dudas, por decisiones incómodas en las que el reto ha sido pensar menos, atreverme más, decidir dejarme llevar. Caminando sobre la incerteza, en una búsqueda incansable de la belleza de lo desconocido, en ese perder, buscar y encontrar constante. Después de un año en el que he seguido tejiendo una transición que me pedía más tiempo, un último esfuerzo; como si me estuviera acercando pero aún no, todavía un poco más... siento que pronto llegará lo que tanto he estado esperando, aquello que poco a poco, durante tantos meses, he ido forjando.

Aún hay ocasiones en las que rebrotan las dudas, los temores, esos errores sin remedio y esas antiguas creencias, pero algo me dice que después de esta larga tempestad, pronto vendrá la calma... Esa esperada calma que se abre paso al dejar que el dolor se vaya por completo, al lograr reunir las piezas y comprender que no siempre hay una respuesta para todo. Al aflojar el ritmo, al vencer inseguridades y miedos; al aceptar el cambio incluso cuando nos conduce al más absoluto caos, aunque sólo sea por saber de que, de algún modo, algo nos enseñará. Al comprender que la derrota puede sacudirte el alma y hacerte avanzar mucho más de lo que jamás lo haría victoria; al reconocer en cada experiencia, en cada circunstancia, en cada memoria... la propia valentía. Al vivir, vivir sin miedo y con inquebrantable confianza esta sucesión de incertidumbres, sueños y lecciones, este completo desorden que es la vida. ¡Feliz año! Y por supuesto, feliz vida.