La verdad que siempre supe


Siempre lo he sabido. A menudo me he sentido más introspectiva, más reflexiva, más sensible tal vez, que otras personas a mi alrededor; más madura de lo que correspondería para tu edad', me han dicho siempre. Como quien rema a contracorriente, como el que pierde el ritmo, confunde los pasos y ejecuta un baile distinto al del resto; como si estuviera creciendo, viviendo a destiempo. Ese desánimo ante la incomprensión, ese nudo en el pecho, esas ganas de salir corriendo en más de una ocasión. Lo sabía. Sabía que ni la espera, ni los años ni el paso del tiempo cambiarían aquello. Porque aunque nos neguemos lo que nos pasa, aunque tratemos de esconder lo que somos y amoldarnos a lo que allí fuera se espera de nosotros, siempre acaba saliendo a la luz nuestro yo más profundo, esa esencia que no podemos encerrar ni tampoco frenar.

El reto es atreverse a rebuscar dentro, alinearse con los más férrereos deseos del alma y enfrentarte a lo que ya intuías, pero hasta ahora no habías podido o querido ver, porque no es fácil, ni cómodo, porque duele. Y cómo duele. Aún hiere más, sin embargo, engañarse, no permitirse ser lo que uno es, no dejarse sentir todo lo que uno siente. Silenciarse. Nunca sabremos lo que nos queda por descubrir de nosotros mismos. No hasta nos atrevamos a volver a mirarnos, a escucharnos, a creer en lo que nos hace únicos, valorándolo y no escondiéndolo. Y a volver a empezar esa búsqueda de la verdad, una y otra vez, sin miedo.