Un paseo por lo invisible - Diario No.2


Salgo a la calle. Hace aire y un frío intenso, que cala en los huesos. Nada es abrigo suficiente, me encojo, ando deprisa, pero no dejo de alzar la vista. Hoy reparo en las sombras de los árboles reflejándose en las fachadas de esos edificios que tantas veces he visto. Me fijo en los balcones llenos de flores; en ese cielo despejado de nubes, pero aún algo oscuro porque es bien temprano. Compro algo de fruta para el postre y, antes de llegar a su casa, paro a buscar un par de rosas que sé que le arrancarán una sonrisa. Hoy es su aniversario. Un día especial para celebrar la suerte de tenerla entre nosotros un año más. Y al mismo tiempo un día amargo que nos recuerda que mi abuelo, su compañero de vida, ese con quién tantas aventuras y paseos compartí... fue a dejarnos - hoy hace ocho años - en la misma fecha que ella llegó al mundo. Qué cosas tiene la vida, ¿verdad? Qué extraña sensación para ella vivir esta contradicción cada veintiuno de enero, pienso en el camino de vuelta.

Llego a casa, deseando tomar algo caliente que me ayude a deshacerme, un poco, de este frío. Siento las manos heladas, tan heladas que duelen. Saboreo el postre despacio, mientras revuelvo las memorias apiladas en esa caja de latón. Encuentro fotografías, postales y algún negativo. Y sonrío al verle hoy, aunque sólo sea en papel. Esa es la magia de la fotografía y su poder para preservar nuestra memoria. Vuelvo a escribir en ese cuaderno que tantos años llevaba en blanco. En muy poco tiempo se ha ido llenando de inspiración, de las citas compartidas, de fragmentos de las canciones que suenan de fondo mientras leo cada lección. También de muchas reflexiones que van surgiendo a partir de lo que en mí se está removiendo estos días. Echo un vistazo y observo los objetos que me rodean. En ellos veo el color de los recuerdos, de lo antiguo, de la nostalgia. Esa mesa de madera con infinidad de matices en sus vetas, como si cada una de ellas contase una historia. Ese libro con unas hojas que, con los años, se han vuelto amarillentas. Esas fotografías envejecidas por el paso del tiempo. Esas flores que secaron sin que me diese cuenta y guardan recuerdos de otro final que aún siento demasiado cerca.