Un paseo por lo invisible - Diario No.1


He estado algo ausente últimamente. Diciembre ha sido un mes de perfecto caos y estos primeros días de enero, una constante lucha entre todo aquello aún pendiente de acabar y la necesidad de parar unos días. Sabiendo que tendría algunas semanas más libres hasta bien entrado el mes de febrero, pensé que necesitaba buscar algo de tiempo para mí, para parar de verdad.  Así, decidí unirme a ese curso online que tanto había estado esperando; uno que se plantearía como un paréntesis, como un soplo de aire fresco, como ese aliento necesario para poder seguir. Un paseo por lo invisible.

Si cierro los ojos, tratando de imaginar el camino que me lleva hasta la cabaña -donde me encontraré con el resto de compañeros- empiezo a sentir el crujir de las hojas secas bajo mis botas. Es temprano y la luz empieza a colarse tímidamente entre los árboles. Hace frío y un grueso jersey de lana me cobija. Camino por un terreno que mis pies conocen de memoria, por un sendero que sería capaz de seguir con los ojos cerrados. Por esa montaña que fue testigo de tantas aventuras, esa tierra que en tantas ocasiones recorrí junto a él – junto a ese abuelo que nos dejó, un veintiuno de enero de hace demasiado tiempo. A pesar de que hace años que dejé de perderme por aquél lugar, concibo imposible olvidarlo… Siento que aquel lugar está lleno de vida, de pedazos de mi vida; de historias entrehiladas que me hacen ser quién soy. Que, de algún modo, es “mi lugar”, donde soy niña de nuevo y donde vuelvo – aunque sólo sea en la imaginación – cuando siento que me pierdo. A mi paso, oigo el cantar algunos pájaros, mientras levanto la mirada esperando que algún rayo de sol caliente mis frías mejillas. Un halo de luz me hace abrir los ojos. De pronto, ya no estoy allí.

Cojo la cámara y salgo de casa antes de que el cielo se torne demasiado oscuro. Acostumbrada a ir corriendo de un lado a otro, por impulso del ritmo frenético de la ciudad, me sorprendo paseando, andando a un ritmo más lento del habitual. Mis pies conocen el camino, es una ruta que ando con frecuencia, desde bien pequeña. Decido centrarme en alzar la vista y, entre muchas otras, tomo esta fotografía. Observo al resto de personas a mi alrededor, inmersas en sus pensamientos y preocupaciones. Andan con prisas, mirando al suelo o a esa pequeña pantalla que capta toda su atención. De pronto, empiezo a pensar en lo mucho que vemos con nuestro ojos y lo poco miramos en realidad. A mi ritmo sólo caminan los más mayores. Y si hay alguien miraba hacia arriba, esos son los más pequeños; llenos de curiosidad y con los ojos bien abiertos a cualquier estímulo. Decido sentarme en un banco de esa antigua plaza y sigo observando la vida pasar.

Esta vez, con una mirada muy distinta.