Cuando era una niña


Una vez leí que la mejor forma para ganar confianza en uno mismo es hacer aquello que más tememos. Si algo tan fuerte me empujaba a mostrarlo, no podía ser incorrecto.

 

En uno de esos cajones, dentro de una pequeña caja de madera, descubro pedacitos de papeles con palabras que escribí cuando era niña. En algunos, incluso, encuentro la caligrafía delicada de ese abuelo que nos dejó demasiado pronto, con una despedida amarga de la que se cumplieron ocho años la pasada semana. En esos papeles, con inocencia, iba dejando escritos -con su ayuda y la de mamá- deseos que esperaba que se hiciesen realidad. Lo cierto es siempre me ha gustado escribir, en el sentido más amplio de la palabra. Es algo que todo aquel que me conoce descubre deprisa. Me cuentan que desde bien pequeña ya disfrutaba con las letras. Primero con los cuadernos de caligrafía, para, después, empezar a hacerlo contando historias y escribiéndolas en hojas que doblaba, unía con un par de grapas y enseñaba orgullosa, como si de un verdadero libro se tratase. Años más tarde llegaron los juegos florales, en el día del libro, y cada veintitrés de abril se convertía en una nueva oportunidad para escribir, dando lo mejor de mí con la simple ilusión de hacerlo y recibir, quizá, algún premio por ello. Nunca he dejado de escribir, de hacer listas, de anotar citas o frases que me remueven por dentro. Pero durante estos últimos meses, con la necesidad de dejar salir lo que no podía guardar dentro, me he dado cuenta de cuánto me sirve para ordenar sentimientos y dejar fluir, sobre el papel, emociones que de otro modo no sé bien cómo expresar...

Ya hace dos meses que presenté Nostalgia. A story about endings and beginnings. Un pequeño libro autoeditado que empezó a tomar forma sin ninguna pretensión, escribiendo en un cuaderno bajo el mismo nombre. Empecé a escribirlo para mí, con la simple intención de dejar salir el dolor que sentí cuando esa historia, que había ido hilándose durante los últimos cinco años, acabó de pronto, sin más. Poco a poco, fue llenándose de reflexiones y sin darme cuenta, de forma natural, el proyecto de dejarlas salir, de gritarlas al mundo, fue gestándose al ir compartiendo algunos de sus fragmentos. Y ese sueño de la infancia, discreto, antiguo, de dar forma a un libro, se hizo realidad sin ni siquiera buscarlo, sin tan siquiera planearlo. Pasé la mayor parte de este año que despedimos hace días trabajando en él, poniendo cuerpo y alma en cada paso, en cada página, en cada detalle. Pero es ahora, con algo de perspectiva, cuando me doy cuenta que lleva tanto de mí que cada vez que lo intento, no soy capaz de encontrar las palabras adecuadas para hablar de él, para transmitir todo lo que guarda en sus páginas. Porque es más que un diario de reflexiones, mucho más que un año de mis pensamientos en manos de otros...

Una vez leí que la mejor forma para ganar confianza en uno mismo es hacer aquello que más tememos. Miro atrás y me doy cuenta de que el proceso creativo, todos estos meses dándole forma, escribiendo y cerrando heridas al mismo tiempo… fueron una fuerte sacudida, una mezcla de emociones y sentimientos muchas veces contradictorios. Vértigo, entusiasmo, nervios, ilusión, fragilidad y miedo a exponerse. También una constante de contratiempos que más adelante han quedado en un montón de anécdotas y un bonito recuerdo. Grandes dosis de inspiración y darme cuenta que ésta surge de verdad cuando trabajas, cuando dedicas tiempo y esfuerzo a proyectos que salen de los más profundo de tu ser y los pones en marcha, a pesar del miedo. Recuerdo ver el resultado aquél día, aquellos cincuenta ejemplares empaquetados y con olor a nuevo y sentir que todo ese esfuerzo había valido la pena. Que, de pronto, de algún modo, toda contradicción tomaba sentido. Si salía tan de dentro, si algo tan fuerte me empujaba a mostrarlo, no podía ser incorrecto. Era tal como lo había imaginado. Un reflejo de ese año de cambios, de esos meses de luces y sombras y, en definitiva, un reflejo de mí.