El costurero


La semana pasada sólo salí al mundo para reflejar el resultado de una Navidad sin vacaciones y unos cuantos días encerrada en casa entre libros y apuntes, sin poder hacer mucho más. Si hay algo que hecho de menos durante las semanas en las que toca centrarse por completo en los exámenes de la universidad, es poder disfrutar de las cosas como merecen, saboreándolas con calma. En esos días me doy cuenta de que incluso como más rápido de lo habitual, como si unos minutos de más dedicados a la comida fueran a marcar alguna diferencia. Por suerte, todo el esfuerzo ha tenido su recompensa y ahora quedan por delante tres semanas de libertad. Libertad para vivir con un poco más de calma, salir más ahí fuera a respirar el aire de este frío invierno. Volver a coger el pincel, dar nuevas puntadas, devorar lecturas pendientes. Celebrar comidas familiares, disfrutar sobremesas que se alargan sin que apenas nos demos cuenta, rebuscar en el costurero de la abuela y encontrar tesoros. Detenerse a observar cada uno de esos botones preciosos, guardados hace años en cajas ya amarillentas, envejecidas por el paso del tiempo, el olvido. Sacar la cámara y fotografiar esos pequeños detalles, esas sutilezas, y hacerlo sin prisas. Coger fuerzas para todo lo que está por venir, enhebrar la aguja, acabar de dar forma a esta nueva etapa que está por empezar...