El principio del camino


Tras unos meses dedicándome por completo al máster en Atención Precoz y Familia que curso desde septiembre de 2016 y después de realizar prácticas voluntarias durante un tiempo para ir ganando experiencia, el pasado mes de junio empecé mi andadura en esta profesión como logopeda autónoma.

Con el inicio de curso, he vuelto a ese ritmo que, aunque ya es conocido, aún no he acabado de descubrir del todo; a esa rutina que inicié hace apenas unos meses y a la que aún andaba acostumbrándome cuando llegó el verano y con él, el momento de parar. Hace unos días he retomado esta aventura que comenzó cuando menos lo esperaba y me ha hecho darme cuenta, precisamente, de la importancia de no esperar. No esperar a sentirse del todo preparado para dar el primer paso, hacer que las ganas de cumplir un sueño sean más fuertes que el miedo a que no sea perfecto y atreverse aun sabiendo que queda mucho por aprender, por mejorar. He vuelto a ese trabajo que siento hecho a mi medida y cada día me gusta más; aunque todo sea mucho más complejo en la práctica que sobre el papel, aunque el desconcierto y la duda me invadan a menudo y estar empezando siga haciéndome sentir abrumada, insegura, como si navegara sin mapa ni ruta.

Trabajar con personas, estableciendo con ellas una relación de atención y ayuda, entrando en sus vidas, acompañándoles en parte de su camino y siendo partícipe de sus avances... me está enseñando muchas cosas, pero también removiendo más de lo que imaginaba. Hace un tiempo ya lo intuí y ahora lo estoy descubriendo: estar en contacto con niños, jóvenes y adultos que persiguen mejorar, que son ejemplos de superación y lucha, nos recuerda, inevitablemente, nuestras propias batallas, nuestros propios retos. Cada día aprendo y crezco a su lado, pero también me reencuentro con viejos miedos y me topo de frente con esas partes de mí que tal vez podrían cambiar. Esa sensación al pensar que debería haber dicho ésto y no aquello; la eterna duda de qué habría pasado si hubiese hecho las cosas de un modo distinto. Ese pellizco en el alma al ser consciente de la importancia de lo que decimos ―con palabras, miradas o gestos inconscientes― y de cuánto eso puede marcar a los demás sin que ni siquiera nos demos cuenta.

Siento que aún queda mucho camino por recorrer y decenas de primeras veces por superar, pero confío en que todo irá, poco a poco, encontrando su sitio. Que aunque los nervios, la inseguridad, la incertidumbre y el temor a no estar a la altura se entremezclen de forma constante desde el primer momento, la ilusión de tender la mano a quienes lo necesitan y la magia de ser testigo de los esfuerzos, progresos y logros de las personas a las que acompaño, estará, siempre, por encima de cualquier miedo. No ha habido un día “fácil", pero hay algo que se repite cada vez que pienso en ello: siempre, siempre, vale la pena.