La importancia de la familia en el desarrollo de la comunicación y el lenguaje


Como vimos en el artículo anterior, la familia es el contexto más importante en el desarrollo infantil, ya que es el espacio más deseable para el crecimiento, la crianza y la educación de los más pequeños y el lugar donde se dan las condiciones necesarias para un buen desarrollo cognitivo, emocional y socio-afectivo. Con la familia se desarrollan las primeras relaciones sociales, se viven las primeras experiencias, se inicia el desarrollo de la personalidad, se aprenden valores, conductas, hábitos, costumbres y normas y en definitiva, se adquiere la información necesaria para poder relacionarse con el resto de la sociedad.

Entre las múltiples tareas de la familia respecto a los más pequeños, se encuentra la de guiarlos para conocer el mundo que les rodea y en este sentido, la comunicación y el lenguaje son los medios más importantes para hacerlo. El lenguaje no es sólo el instrumento para la comunicación, sino que también permite desarrollar otros procesos como la percepción, la memoria, el pensamiento o la regulación de las propias acciones. Es por eso que si existe algún déficit a nivel del lenguaje, el desarrollo cognitivo, afectivo o conductual, las habilidades sociales o los aprendizajes escolares pueden verse comprometidos.

Aprender a hablar es uno de los hitos más importantes que los niños alcanzan durante los primeros años de vida, ya que resulta esencial para descubrir el mundo, compartir experiencias y comunicarse. El desarrollo de la comunicación y el lenguaje es un proceso complejo en el que intervienen un gran número de factores, muchos de ellos relacionados con el desarrollo global del niño (maduración a nivel neurológico, desarrollo motriz, cognitivo o socio-emocional o capacidad de simbolización, entre otros). Así mismo, factores como el contexto social y cultural, la atención y afecto que recibe del entorno, los estímulos a los que está expuesto o la calidad de las interacciones que establece, también son clave en el proceso.

En este sentido, la familia y especialmente los padres tienen un papel importantísimo, ya que como mayor sea el grado de estimulación e interacción familiar, mejor será el rendimiento del niño o niña a nivel comunicativo y lingüístico, pero también cognitivo. Los niños y niñas no aprenden a hablar solos, sino a partir de las interacciones que establecen con las personas del entorno. De hecho, todo aquello que los padres hacen y la forma en que lo hacen da lugar a las oportunidades de aprendizaje de su hijo o hija. Por esta razón, resulta beneficioso tener presentes algunas claves para hacer que las situaciones de interacción adulto-niño estimulen la comunicación y el lenguaje:

  1. Lo más importante es tener en cuenta que aprenden a comunciarse y hablar a partir de la experiencia y el contacto con adultos y otros niños en contextos y situaciones reales. Por ello, hay que aprovechar el lenguaje que surge de forma natural y espontánea durante las rutinas diarias (comidas, hora del baño, ratos de juego, canciones, lecturas, tareas domésticas...) para crear oportunidades de aprendizaje donde hablar y estimular la comunicación.
  2. Los adultos deben ser un buen modelo comunicativo y lingüístico, ya que la forma en que el adulto habla al niño es decisiva. El lenguaje del adulto hacia al niño no debe ser superior a sus capacidades, pero tampoco demasiado simple, infantilizado, con exceso de diminutivos... Lo ideal es hablar poco a poco, con frases cortas y sencillas, pronunciando de forma clara pero sin exagerar las producciones y con un vocabulario adecuado al nivel de comprensión y madurez.
  3. El adulto debe ponerse a la altura del pequeño y hablar mirándole a los ojos, no sólo para establecer un buen contacto sino también para que pueda ver bien su boca, lo cual facilitará la comprensión y adquisición del lenguaje oral.
  4. El adulto debe crear un ambiente cálido y de confianza que haga sentir cómodo y seguro al niño o niña, un espacio donde pueda expresar qué piensa o cómo se siente y hablar de aquello que más le interesa o llama la atención. Y, al mismo tiempo, generar oportunidades de habla donde sea el niño o niña quien conduzca la conversación, situaciones que le estimulen a interaccionar y participar de forma activa.
  5. Es importante dejar que el niño hable aunque no lo haga bien, escucharle con atención y tener en cuenta lo que dice, evitando fijarse sólo en cómo lo dice y premiando todos sus intentos comunicativos con afecto.
  6. Hay que tener paciencia, darle el tiempo que necesite para expresarse y evitar responder por él o interrumpirle para corregirle. Esto le dará seguridad para persistir en sus intentos y esforzarse para hacerse entender cada vez más.
  7. Debemos evitar corregir de forma directa sus errores. Si comete algún error, lo mejor es ofrecer un buen modelo repitiendo lo que no ha dicho bien (corrección indirecta de la palabra o frase), pero sin expresarle que se ha equivocado, ya que hacerlo de forma sistemática podría provocar frustración o ansiedad hacia el lenguaje.
  8. Finalmene, el adulto puede estimular el lenguaje del pequeño y enriquecerlo ampliando sus producciones, añadiendo comentarios, haciendo preguntas abiertas en las que la respuesta va más allá del sí/no (¿quieres un vaso de leche? vs. ¿qué quieres para desayunar?) y procurando que se esfuerce para expresarse, evitando darle algo sólo porque lo ha señalado si sabemos que ya es capaz de perdirnos ese objeto diciendo su nombre.

 

Referencias bibliográficas

© Fotografia: Marta Villacampa (Lens and Sensibility)