Audición, pérdida auditiva y sordera


La audición se define como el conjunto de procesos, fisiológicos y psicológicos, que nos permiten percibir los diferentes sonidos del ambiente. Los órganos receptores del sistema auditivo captan las ondas sonoras en forma de estímulos mecánicos y los centros nerviosos del oído transforman estas vibraciones en impulsos nerviosos, que son interpretados en el cerebro (lóbulo temporal). Así, la sordera es el resultado de la presencia de una alteración en la función anatómica y/o fisiológica del sistema auditivo y tiene como consecuencia inmediata la disminución o pérdida de la audición, lo cual provoca una dificultad o imposibilidad para oír correctamente.

La afectación de la capacidad auditiva puede producirse en forma de hipoacúsia (cuando la pérdida auditiva es menor a 70dB), de sordera (cuando la pérdida auditiva es mayor a 70dB) o de cofosis (cuando se da una sordera total). Así mismo, la pérdida auditiva puede ser unilateral (si afecta un oído) o bilateral (si afecta los dos) y transitoria o permanente en función de su duración en el tiempo, es decir, según si es reversible o irreversible. De forma más específica, podemos encontrar diferentes clasificaciones de la sordera según si nos fijamos en: la localización de la lesión, el momento de afectación a la audición o el grado de pérdida auditiva. A continuación, las veremos con detalle:

Localización de la lesión

Para comprender los diferentes tipos de pérdida auditiva según la localización de la lesión, debemos conocer como es nuestro sistema auditivo. A grandes rasgos, éste se divide en tres partes: oído externo, oído medio y oído interno. El oído externo (OE) está formado por el pavellón auditivo (oreja), el conducto auditivo externo (CAE) y la membrana timpánica (o tímpano), que separa el conducto auditivo externo de la cavidad timpánica. El oído externo es el encargado de captar las ondas sonoras y hacerlas llegar al oído medio. Por su parte, el oído medio (OM) está formado por la cavidad timpánica, la cadena osicular o cadena de huesecillos (martillo, yunque y estribo) y la trompa de Eustaquio, una estructura que equilibra las presiones en el oído medio y que se extiende desde la cavidad timpánica hasta la rinofaringe. Finalmente, el oído interno (OI) consta del sistema de conductos semicirculares (responsables del sentido del equilibrio) y la cóclea. En el oído interno se transforman las ondas en impulsos nerviosos y, a través del nervio auditivo, se envian al cerebro, donde se interpreta la información auditiva.

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Así, según la localización de la lesión, la sordera puede ser de tres tipos: transmisiva, neurosensorial o mixta. Por un lado, la sordera transmisiva (o de conducción) se produce por afectación del oído externo y/o medio y da lugar a una dificultad en la conducción de las ondas sonoras hacia el oído interno. Algunas de las causas pueden ser: bloqueo del conducto auditivo externo (por presencia de un tapón de cera), infección o inflamación (como una otitis) y malformaciones o lesiones que dificulten o impidan la correcta transmissión del sonido (perforación del tímpano, alteraciones en la cadena osicular...), entre otros. Por otro lado, la sordera neurosensorial (o de percepción) puede ser consecuencia de una alteración del oído interno a nivel de los conductos semicirculares, la cóclea o el nervio auditivo, producida por alteraciones genéticas, malformaciones presentes desde el nacimiento o adquiridas (durante el embarazo o los primeros años de vida, por ejemplo), infecciones, lesiones, tumores, exposición a sonidos fuertes durante un largo período de tiempo o uso de fármacos ototóxicos (un tipo de medicamentos que pueden afectar a la audición y el equilibrio), entre otros. Finalmente, se habla de sordera mixta cuando la persona presenta una combinación de sordera transmisiva y neurosensorial.

Momento de afectación de la audición

Según el momento en que la capacidad auditiva se ve afectada, la sordera se puede clasificar en: prelocutiva, perilocutiva o postlocutiva. La sordera prelocutiva es la que se produce antes de la adquisición del lenguaje oral (de los o a los 2 años), la perilocutiva es la que se da cuando la criatura aún está adquiriendo el lenguaje (de los 2 a los 4-5 años de edad) y la postlocutiva, cuando ya se ha adquirido el lenguaje (a partir de los 5 años en adelante). Las consecuencia son diferentes en cada caso, ya que no es lo mismo que la pérdida de la audición tenga lugar cuando ya se han adquirido una o más lenguas que cuando aún no existe una lengua asimilada. El proceso de aprendizaje lingüístico en las sorderas prelocutivas y perilocutivas (cuando la sordera se presenta antes de los 5 años de edad, aproximadamente) no se producirá de forma natural y autónoma, sino que será necesario estimularlo de forma intencional y sistemática con tratamiento logopédico.

Grado de pérdida auditiva

El grado de pérdida auditiva se mide con una prueba de audiometría que permite conocer la sensibilidad auditiva para las diferentes frecuencias sonoras y toma como referencia los niveles de audición normal, donde el umbral auditivo se sitúa entre o y 20 decibelios (dB) en todas las frecuencias (Hz) representadas en el audiograma. Esto significa que las personas normooyentes (con audición normal, sin sordera) necesitan un mínimo de o dB y un máximo de 2o dB de intensidad para ser capaces de percibir las diferentes frecuencias (Hz) de los sonidos ambientales.

Cuanto mayor es el grado de pérdida auditiva, más abajo se sitúa el umbral auditivo en la gráfica del audiograma: ésto quiere decir que la persona necesita una intensidad de sonido superior (más decibelios o dB) para empezar a detectar las diferentes frecuencias (Hz), tal como se observa en la imagen. El espacio que queda por encima del umbral auditivo és el llamado “campo inaudible" y representa todos esos sonidos que la persona no llega a oír sin la ayuda de amplificación acústica (audiófonos, implante coclear...). Una persona con sordera leve, por ejemplo, necesitará entre 20 y 40dB de intensidad para poder detectar las diferentes frecuencias sonoras y por ello, la zona de los o a los 2odB será su campo inaudible. Así pues, podemos clasificar la pérdida auditiva en cuatro grados:

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La sordera leve presenta un umbral de audición situado entre los 2o-40 dB. La persona es capaz de discriminar todos los sonidos del habla, pero le cuestan más o menos de percibir según su posición en la palabra o la intensidad a la cual se emiten. Por eso, puede tener problemas para oír el habla en voz baja, discriminar algunos sonidos consonánticos o comprender lo que oye, sobre todo en ambientes ruidosos o en situaciones de conversación en gran grupo. Si se produce en la edad adulta no suele tener una gran incidencia a nivel social, pero en los niños pequeños puede dar lugar a dificultades en la adquisición del lenguaje y el habla, así como también en los aprendizajes escolares.

La sordera moderada presenta un umbral de audición situado entre los 41-70 dB. La persona detecta los sonidos del habla de forma general, pero tiene dificultades en la discriminación auditiva de algunos grupos sonoros, lo cual provoca una dificultad para diferenciar palabras que suena de forma parecida. Dado que puede perderse información durante las conversaciones, necesitará una amplificación acústica con audífono/s para poder llegar a percibir correctamente toda la información lingüística. La sordera moderada en los más pequeños podría pasar desapercibida al considerarse que la criatura es poco obediente o va muy a la suya. Un niño con una pérdida auditiva moderada puede desarrollar el lenguaje de forma espontánea, pero presentar dificultades en la comprensión del lenguaje oral, retrasos en la adquisición del habla, dificultades en el acceso a la escritura y, de forma frecuente, problemas a nivel de comportamiento.

La sordera severa presenta un umbral de audición entre los 71-90 dB. La persona no detecta ningún sonido del habla si no se emite una intensidad bastante elevada y por ello, tiene dificultades para seguir una conversación a una intensidad de habla normal (50-60 dB) o comunicarse en ambientes ruidosos. El lenguaje oral no se desarrolla de forma espontánea y es necesaria amplificación acústica con audífono/s, el apoyo de lectura labial y realizar intervención logopédica para entrenar la detección e identificación de los sonidos del habla. Afortunadamente, en los pequeños se detecta cada vez en edades más precoces.

La sordera profunda se caracteriza por una pérdida auditiva que supera los 90 dB. La persona no detecta ningún sonido del habla y puede oír, únicamente, una vibración. Los audífonos son insuficientes para compensar la pérdida auditiva y resulta impresicindible la combinación del uso de implantes cocleares con el trabajo logopédico. Puede presentar alteraciones importantes en el desarrollo global si no se realiza una buena estimulación auditiva, ya que puede afectar a las funciones de alerta y orientación, la estructuración espacio-tiempo y al desarrollo socio-afectivo, entre otros aspectos. La pérdida auditiva en la sordera profunda puede variar en función de los restos auditivos, que indican la máxima frecuencia (Hz) que la persona puede percibir ― aunque sea a la máxima intensidad (dB) ― sin la ayuda de la amplificación acústica. Así, podemos encontrar: sordera profunda de primer grado (restos auditivos hasta 4000 Hz), de segundo grado (restos auditivos hasta 2000 Hz), de tercer grado (restos auditivos hasta 1000 Hz), de cuarto grado (restos auditivos hasta 750 Hz) y por último, la cofosis o anacusia, cuando no queda ningún resto auditivo y por lo tanto, el individuo no percibe ningún sonido.


Referencias bibliográficas

  • Suárez, Alejo, Suárez, Hamlet, & Rosales, Beatriz. (2008). Hipoacusia en niños. Archivos de Pediatría del Uruguay79(4), 315-319. Recuperat el 3 d'agost de 2017 del següent enllaç.
  • Libro blanco sobre Hipoacusia. Detección precoz de la Hipoacusia en recién nacidos. Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. 2003.
  • Fuentes, J. C., & Tahull, J. G. (2000, January). Cribado neonatal de la sordera mediante otoemisiones acústicas evocadas. In Anales de Pediatría (Vol. 53, No. 6, pp. 586-591). Elsevier Doyma.