La sordera infantil


La sordera, como ya vimos en el artículo anterior, se manifiesta como una pérdida o disminución de la capacidad para percibir correctamente los estímulos sonoros del entorno. Si bien la pérdida auditiva afecta a personas de todas las edades, la sordera infantil es considerada un problema de salud especialmente grave, tanto por su incidencia (5 de cada 1000 niños nacen con sordera o padecen algún grado de pérdida auditiva durante la primera infancia) como por sus implicaciones.

Dada la importancia de la audición en la adquisición del lenguaje y el habla, cualquier trastorno auditivo tendrá repercusiones en el desarrollo lingüístico y comunicativo. Mientras unos grados de pérdida auditiva apenas afectarán al desarrollo del lenguaje y la comunicación, otras darán lugar a dificultades para desarrollar estas capacidades de forma natural y espontánea. Y esto podrá provocar, a su vez, dificultades en el acceso y el uso del lenguaje escrito (lectura y escritura), en los procesos de aprendizaje (rendimiento escolar) y/o en el desarrollo a nivel cognitivo, social y afectivo del pequeño.

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Las consecuencias que la pérdida auditiva pueda tener sobre el desarrollo general de cada criatura, dependerán de muchos factores, como: la localización y causa de la lesión, el grado de pérdida auditiva, la cantidad y calidad de los restos auditivos, el momento de afectación, el uso de prótesis auditivas y el tipo (audífono o implante coclear), la diferencia entre edad cronológica y edad auditiva (tiempo que lleva con las prótesis), las características propias de cada niño o niña (carácter, capacidades cognitivas, presencia de trastornos asociados...), el uso de la lengua de signos y/o el apoyo de la lectura labial, la implicación de la familia o la estimulación que reciba por parte del entorno cercano.

La combinación de estos factores condicionará el pronóstico y indicará el tratamiento más adecuado en cada caso, pero la intervención siempre deberá tener como objetivo principal favorecer al máximo el desarrollo de sus capacidades del niño o niña, mejorar su calidad de vida y ofrecerle las mismas oportunidades de desarrollo de las que disfrutan los niños y niñas oyentes. Otro factor especialmente importante en el desarrollo de los niños con sordera o hipoacúsia es el momento en que se detecta el problema auditivo. Realizar una detección y diagnóstico precoces permite iniciar una intervención temprana y eso, se ha demostrado, ayuda a minimizar ― y en algunos casos, prevenir ― gran parte de los efectos adversos de la sordera; lo cual permite conseguir un mejor desarrollo, tanto a nivel comunicativo y lingüístico, como cognitivo, social y afectivo.

La mayoría de las sorderas infantiles están presentes en el momento del nacimiento o durante el primer año de vida y por esta razón, en los últimos años se han puesto en marcha diversos programas de detección temprana. Cada vez son más los hospitales y clínicas que aplican una prueba de cribaje a los recién nacidos que permite detectar posibles pérdidas auditivas y reducir, así, las repercusiones de realizar un diagnóstico tardío.

El “cribaje auditivo neonatal" es un programa implantado a nivel estatal destinado a identificar los recién nacidos que presentan sordera congénita (presente desde el nacimiento). Esta prueba de cribaje se realiza a partir de las 24 horas de vida, durante el ingreso a la maternidad del hospital donde nace el bebé, y la técnica más utilizada son los “potenciales evocados auditivos del tronco cerebral" (PEATC). Se trata de una prueba sencilla, rápida e indolora que evalúa la actividades de la vía auditiva y el nervio auditivo y la respuesta cerebral a la estimulación acústica para comprobar el correcto funcionamiento del sistema auditivo. Si el bebé no supera la prueba, deben hacerse pruebas complementarias que permitan confirmar o descartar la presencia de un problema auditivo y la confirmación del diagnóstico de sordera en estos casos debe realizarse antes de los 3 meses de edad. Normalmente, la sordera total (cofosis) y los grados de sordera más graves (severa y profunda) se detectan mediante este cribaje. En cambio, en las sorderas moderadas o leves el bebé suele pasar la prueba de cribaje y la detección llega más tarde, por sospecha de la família, de los profesionales del ámbito escolar o del pediatra.

Los programas de detección precoz como este tienen el objetivo de conseguir que la detección de la sordera congénita se realice antes del mes, el diagnóstico antes de los 3 meses y la intervención con prótesis auditivas y el tratamiento logopédico alrededor de los 6 meses de vida, aproximadamente. Actualmente, los pequeños con sordera son diagnosticados cada vez más pronto (alrededor de los 12 meses) y en una buena parte de los casos, consiguen desarrollar un habla completamente normal e inteligible. Con los cambios e iniciativas que se han impulsado a lo largo de los últimos años, se ha conseguido mejorar considerablemente tanto el desarrollo como la calidad de vida de las criaturas con sordera. Esto ha sido posible, entre otros motivos, porque el proceso de detección y diagnóstico es cada vez más precoz, la intervención logopédica temprana facilita el acceso al lenguaje oral (a través de programas de intervención auditivo-verbales) y los avances tecnológicos en las prótesis auditivas permiten una amplificación acústica cada vez mejor.

     

    Referencias bibliográficas

    • Puig, T., Municio, A., & Medà, C. (2008). Cribaje (screening) auditivo neonatal universal versus cribaje (screening) selectivo como parte del tratamiento de la sordera infantil. La Biblioteca Cochrane Plus2(2).
    • Monsalve González, A., & Núñez Batalla, F. (2006). La importancia del diagnóstico e intervención temprana para el desarrollo de los niños sordos: Los programas de detección precoz de la hipoacusia. Psychosocial Intervention15(1), 7-28.
    • Faletty, P. (2016). La importancia de la detección temprana de la hipoacúsia. Revista Médica Clínica Las Condes, Volume 27, Issue 6, Pages 745-752

     

    © Fotografía: Inés (Les petites choses du dimanche)